De ti me queda el humo de los recuerdos ardiendo.
La arquitectura de un suspiro,
y sus escombros si nadie lo escucha.
Por los dobles sinsentidos de las miradas derramadas en la lucha.
Atrapado por derribo.
Y después la luna.
Hecha añicos.
De ti las coincidencias que se contradicen.
Las coincidencias que existen para negar su existencia.
De ti las consecuencias.
De ti las cicatrices.
De ti una cama cerca del cielo
y entre sábanas un vuelo
sin motor, por encima del mundo real.
Esos párpados de cortar cebolla
y esas manitas rotas de no podernos tocar.
Aún susurrar tu nombre cuando tengo miedo de verdad.
Ahora que ya es tarde.
Ahora que ni tú puedes salvarme.
De ti reventar la realidad
en rima asonante.
Extirparme tu amor del pecho antes de que estalle.
Y lanzarlo al mar.
Ya tardabas, puta…
en dejarte olvidar.
De ti la sizotimia, la protensión…
De ti las tormentas a través de la ventana.
Y un lacrimal que se atraganta
con arena de reloj.
Nada que ver con palabras que no entiendas.
Nada que hacer con nuestras deudas.
Dipsofobia, reticencia, nocicepción.
Porque no voy a decirte que te llevaste mis quince años
y cuando te fuiste tuve que hacerme mayor.
Nunca sabrás de la perfección de una noche sin ti
para transformar en lágrimas
el alcohol.
No voy a explicarte la efectividad implacable del tiempo.
No pienso hablarte de tres inviernos de despedidas.
Del frío y la marquesina.
De mi torpe manía de refugiarme en tu cuerpo.
Porque no voy a escribirte todo lo que no quiero que sepas,
no vaya a ser,
que lo estés leyendo.
De ti un ojo de lluvia y grafito
encerrado entre marco y papel.
Un ojo del plomo de las balas que no disparas
ametrallando un boceto de sombras de alfiler.
Un ojo al infinito.
Para no volverte a ver.
Reconocer en tus pupilas mi caligrafía.
“Soy yo, estuve aquí, quizá fui feliz, y quizá te lo hacía”
Pero los dos hemos cambiado.
De ti los estragos sobre la piel de un cincel que es el pasado.
De ti no me he curado todavía.
Y lo peor de amar es cuando apenas duele demasiado.
De ti me queda el humo de los recuerdos ardiendo.
Y tal vez prefiera morir asfixiado.
Guillermo Castillo