María, tobillos finos, cintura gruesa
Publicado el Vie/29/Abr/2011 por Juanferpt a las 00:30:47
María tiene: tobillos finos, cintura gruesa. No sé muy bien por qué, eso me encanta. No los tobillos finos. La cintura gruesa. María tiene: una peluquería, pocos clientes. Yo soy el más antiguo, o casi. Eso no quiere decir que yo esté viejo. Pero casi.
Casi tan viejo como el libro que leo por las noches, libro fino, letra gruesa. Es lo único que puedo leer ya. Los demás pesan en la cama y, si tienen letra pequeña, se convierten en moscas impávidas. No es que avance mucho en la lectura, llego a casa derrotado, pero al menos, en ese tiempo pienso en ella, en María, que, aparte de tobillos y cintura, tiene piel de chocolate y nata. Más nata que chocolate. Al menos, así me imagino su sabor.
Me imagino su sabor porque María siempre se ha negado a acceder a mis proposiciones. ¡Un solo lametón! -le ruego-; de una oreja a la otra resbalando por la frente, dejándome caer por las aletas de la nariz hasta el labio superior, el inferior, derrapar la cascada de su cuello, hacer un alto en las tetas -dos altos, en la derecha y en la izquierda-, nadar a favor de corriente hasta el ombligo, echar ancla en el mar de los sargazos rizados, amanecer en los muslos y dar un pellizquito feliz al dedo gordo del pie antes de la despedida. Pero no lo consiente, ni siquiera pagando.
Ni siquiera pagando. Eso me dice. Porque a mí nunca me cobra. Ella es muy suya para esas cosas, muy profesional, y cuando se enamora no permite bromas con la plata, no señor. El amor es con los amantes y el negocio con los clientes. Por eso nunca llevo nada en los bolsillos, apenas unos caramelos.
Ser el más antiguo, o casi, de sus clientes, me concede una serie de prerrogativas. Ni María me las ha dado, ni yo me las he tomado. Pero lo cierto es que me pertenece el mejor lugar, la silla giratoria y abatible del fondo de la peluquería, desde donde María me deja contemplarla a mis anchas, su ancha cintura removiéndose como un calamar bajo la bata mientras se inclina solícita sobre un cliente.
Me gusta cortarme el cabello en la peluquería de María. Tengo poco. Los años han ido esquilmando mi poblada cabellera hasta dejarla rala. Por eso prefiero llevarlo muy corto. Me encanta que me lo arregle María. Parece ser que ese será el único contacto físico que me estará permitido. Ese y el afeitado. Me gusta que sus manos acaricien mi cara. Sus manos suaves, regordetas, alegres, expertas. A veces, cuando me está apurando la barba fuerte, mi cabeza reposa en sus tetas. Es un placer. Cada mes regreso para sentirlas. ¡Triste consuelo!
Hoy es último sábado de mes y estoy en la peluquería por la mañana. María pasa sus dedos de agua y jabón por mi loca cabeza. Espero. ¿Qué espero? Una mirada a los labios que mantengo entreabiertos, una caricia al retirar la espuma de la oreja, un beso en cada párpado cerrado… Pero María tiene ausencia de mí, nunca responde. Mientras, una chica lee una revista. Llaman a la puerta. Ella se levanta a abrir y la oigo decir: -Esta peluquería es sólo de caballeros-. Luego, mira a María y se sonríen. La chica de agua y jabón sin ausencia en la mirada. Quiero empujarla contra su amiga. Con violencia. Verlas enzarzadas. Cómo se besan. Cómo se muerden. Verlas destrozadas.
Pero en vez de eso, lo que veo es cómo mis dedos se van cayendo poco a poco. Debajo de mi manga asoman dos muñones ralos, parecidos a mi calva. ¿Cómo podré acariciar ahora a María o a su amiga o a cualquier mujer del mundo? Escondo mis muñones en el bolsillo, miro hacia el suelo y veo cómo sus tobillos estrechos se dirigen hacia el final de la peluquería…
Luego vuelve. Pasa a mi lado y no me mira. Mejor – pienso -, así no repara en mi ausencia de manos. Noto también que se me caen los pies, poco a poco, que no podré acariciarla de ninguna de las maneras. Se dirige otra vez a la chica y a mí sólo me queda la esperanza de dormir y soñar a María con la cabeza dentro del secador. El ruido nos centrifuga y nos convierte en una sola cosa soñada que da vueltas enloquecidas en la silla giratoria, mientras fuera, en la calle, algunos transeúntes miran al interior de la peluquería desde el escaparate sin reparar en las fotos de modelos ni en los fijadores. Se percibe, en cualquier caso, que ven girar la silla, pero no entienden.
Y es entonces cuando empiezo a imaginar. Ya no es el tacto sino la locura de mi imaginación amasando su cintura, la caída en catarata de la carne suave y blanda que imagino. María de mantequilla, María lamida con las lenguas de mi memoria, las mismas con las que devoraba helados y piruletas en el preescolar. Y dejo de ser viejo, mientras trepo por las montañas de sus caderas.
Hablemos de cuando tenía seis años. Estoy sentado en la cocina con mi madre que me ofrece una taza de chocolate. El chocolate está caliente pero también amargo. -¡Tómalo! –susurra con su voz agridulce mientras me tiende una mano-. Pero no la tomo. Me mira ausente y se retira a su habitación. Pasan mil años. Desde la puerta entreabierta de su dormitorio veo como se desliza la lava china de satén rojo por su ladera izquierda. Nubarrones rizados avanzan sobre su rostro y caen, caen, caen. En la mesilla de noche hay unas tijeras de podar.
Tijeras pesadas, difíciles de manejar, tan distintas de las graciosas, las elegantes tijeretas de María que abren y cierran en el aire como piernas de bailarina. “¡Chis!”, “¡Chis!”, saltan, acercándose, rozando mi pelo ágiles y traviesas.“¡Chis!, ¡Chis!, a por ti vamos”. Me dejo hacer, que venga lo que sea. Siento con un escalofrío su roce. Roce también del brazo, tibio brazo de chocolate mezclado con vainilla. ¿Cómo podría amargar?
La voz de María me devuelve de repente a la silla de barbero. Sus dedos surcando los cabellos me han hecho viajar, entre sabores y recuerdos, lejos de allí. Me mira esperando a que me levante y pague: eso es todo lo que quiere del pobre viejo. Me froto la barbilla y finjo desazón. ¿Me afeitarías? María resopla y vuelve a ponerme el babero, airea su olor a nata alrededor mío mientras me enjabona, y es al asentar la navaja en el cuero cuando me mira sin encontrarme, con sus ojos perdidos entre pensamientos, para llegar, por fin, al momento anhelado, en el que el frío metal encuentra por primera vez mi garganta.
Ansío morir degollado si con ello alivio el rictus de dolor que ahora adivino en sus labios, la añoranza que destilan esos ojos que, desde el espejo, me clavan en la silla giratoria. Es una forma digna de devolver una porción minúscula del elixir de juventud que su ensoñación me proporciona. María, mujer de nata, chocolate y mantequilla, en un mundo de hombres, tertulianos perennes de fútbol y de toros.
Hoy María estaba distinta. Miraba el café como si fuera el último. Se lavó las manos despidiéndose. Me dio miedo. Le dije -’¿Qué vas a hacer?. No sé’- me contesto. Y me dio miedo. Saco un diario de su bolso. Lo consulto y después de unos segundos dijo: -‘Tengo que irme.’- No lo dijo afectada, ni dramática. No había tristeza en su frase. Lo dijo como si fuera un encargo. Como si tuviera algo en su mente que tiempo antes había olvidado. Dijo : -‘Debo irme.’- Y entonces sí, capte en esta segunda frase un tono que nunca antes le había escuchado. Ella ya sabía que a partir de ahora las cosas serían diferentes.
¡Diferentes! -decía- ¡Qué sabrá ella de cosas diferentes! Cuando Paco, el del tercero, pidió demorar la derrama de octubre porque se había comprado dos días antes un sintentizador Panasonic que distorsionaba la voz en más de cincuenta y seis variedades… ¡Eso si que es diferente!…Diferente, es cómo se sintió el cocodrilo durante el periodo Cretácico viendo como a su alrededor morían asfixiados enormes Diplodocus y los insolentes Tiranosaurios, que por ese periodo no corrían más de cien metros sin echar un gargajo.
Todos hablaban de ella en el Colectivo. Una lectura en voz alta relataba sus magnificencias en el arte de la peluquería… Y por si fuera poco, ‘¡es que está bien rica!’, decía uno de los contertulios. ¿Y por dónde para María? – pregunté. – ‘María salió de la peluquería y desapareció′- dijo otro, el bien-peinado.
Siempre quise tener un lugar de referencia y ser muy vieja para vivir de las historias que en mi juventud me ayudaron a disfrutar, mirar y no pedir respuestas a nada ni a nadie – pensaba María mientras caminaba calle abajo.
El reloj de la plaza daba las 12. María cogió la maleta, cerró la puerta con llave tras echar una última mirada a la casa. Después se encaminó despacio hacia la estación. Apenas estaba a tres manzanas y el tren no llegaba hasta las 12,45. Con una última mirada dijo adiós a todo y partió rumbo a una nueva vida. María, tobillos finos, cintura gruesa.
FIN
‘María, tobillos finos, cintura gruesa’ es un cadaver exquisito literario organizado por Colectivo La Latina y el Taller de Escritura Creativa Clara Obligado con motivo de La Noche de los Libros Mutantes 2011 en Colectivo La Latina y realizado por los siguientes autores (por orden de participación):
Andrés Neuman, Carmen Peire, Julio Riquelme, Miguel Ángel Arcas, Jesús Ortega, Juanfer Puebla, Victoria Fernández Ramudo, Lourdes García Pinel, Manuel Moreno, Clara Obligado, Irene Sasa, Isabel Cienfuegos, Ginés S. Cutillas, José Luis Lejárraga, Toni Zenet, Nictor, Joaquín Bueno, Juan Luis Madariaga y Fernando Tejerina.
La ilustración que acompaña al texto es de la artista plástica Natalia Auffray García.
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