‘Déjame en paz, amor tirano, déjame en paz’
Prólogo a ‘Poemas entre una década’ (Antología 1982/1991) de Juanfer Puebla
por
Mariano H. de Ossorno
Aún no sé bien por qué razón, pero lo primero en que pensé al entregarme Juanfer Puebla el original de sus ‘Poemas entre una década’, fue en los versos de Luis de Góngora:
‘Diez años desperdicié
los mejores de mi edad
en ser labrador de amor
a costa de mi caudal’
Es terrible, me dije. Diez años escribiendo poemas, acumulando dolor y haciendo del dolor la vida. Pobre hombre.
Luego, cuando por fín me metí en los versos (al principio al buen tuntún, saltándome unos y eligiendo otros al azar, como si supiera que debía huir de algo que, a lo más seguro, iba a hacerme daño), tampoco logré desprenderme de esa impresión inicial, pero una dicha inmensa fue, poco a poco, arrebatándole el lugar a la pena, como si la dicha ya no quisiera ocultar ese ser depredador que se esconde en su seno.
Es una suerte que alguien sea capaz de meterse en la cama con la poesía, pues y lo sé de buena tinta, es el peor amante que alguien se pueda echar. Lo exige todo y lo exige siempre. No le basta con un ratito como a cualquiera: por ejemplo, cuando las luces empiezan a apagarse; en ocasión de algún aniversario, sin venir a cuento. No, la poesía te reclama toda la jornada. No te permite un descuido, el menor desliz, que salgas de paseo a recobrar las fuerzas. Y, en cambio, no te ofrece nada. Es más, si acaso llegas a terminar un buen poema (esa noche te has superado, no eras tú el que se estiraba entre esas sábanas: ‘Serpientes sobre las sábanas, sus cuerpos silban los signos del plural’), ella misma se encarga de hacerte ver que la has traicionado, que tampoco eso le es suficiente.
Pero, con todo, lo terrible no es el egoísmo absolutista de la poesía, sino el afán con que se entregan a ella los poetas -‘amadores desdichados que seguís milicia tal’- hasta perder en la entrega la razón, los kilos del propio peso, las amistades sencillas y, si llega el caso, la vida misma, que se irá prendida a cualquier metáfora inconclusa, a la imagen hermosa del deseo más imposible.
Juanfer Puebla pertenece a esta estirpe de enloquecidos. seguramente, un mal día, hace ahora diez años, descubrió que las palabras le abrían los arcanos del mundo y que, con ellos en las manos, era también el dueño, el conquistador de los amores. Diez años ha tardado en comprender su error. Uno a uno, poema a poema, e incluso verso a verso, Juanfer Puebla nos entrega su desengaño, la fotografía de su fracaso en el negocio que había emprendido. Y esto, precisamente esto, mostrarnos cómo fracasa el poeta en su aventura más íntima, a modo de un diario en los infiernos, constituye la esencia de la poesía, su verdad.
Se equivoca quien cree que la poesía es cumbre, llegada, meta que se alcanza. Muy al contrario, la poesía es el territorio que vale para desvestirse de los ropajes innecesarios; el espacio donde calientan los atletas. Luego, y como Rimbaud, da igual convertirse en traficante de armas, paseante de comercio, oficinista, esposo fiel, soltero empedernido, mueble de la barra de un bar. Cuando el poeta vuelve al mundo de los cuerdos, lo hace sabiendo que viene del fondo del peor de los abismos, y que por muy difícil que sea el trayecto que aún le quede por hacer, jamás llegará a ofrecerle las sutilezas de la maldad que le hizo conocer la poesía.
Por eso cambié la pena en dicha. Porque publicando sus poemas, venciendo la vergüenza de enseñarse desnudo, Juanfer Puebla ha pagado el rescate que la poesía le pedía por su devolución al mundo de los felices, de los ignorantes felices que todos queremos llegar a ser.
Démosle, pues, la mejor de las bienvenidas, y, si cabe, el mismo consejo que él nos ofrece con su libro: abandónalo, deja la poesía para los tontos, para ese tonto que, me lo temo, ya estás pensando en volver a encontrar. No. La poesía no te permite un descuido, el menor desliz, que salgas de paseo a recobrar las fuerzas. aprovéchate del reto que esté dormida.
Mariano H. de Ossorno