De la noche oscura, donde la sombra alza su cetro de desesperación, surge un aire que se desparrama por los infinitos senderos del cielo. Y la tierra le vigila temerosa. Temor de años perdidos. Cadenas de una condena eterna que se arrastran por los pasillos.
Cerraron los huracanes entre paredes de perfumado algodón y, sin embargo, cae la noche al son de palmadas inquietas. Se muere el sur de los hombres. La vida asoma su cara desencajada a las terrazas del fango. Volver a sentir el sonido desgarrado de un lamento que se prolonga y poco a poco avanza sin sostén. Se alza la voz de un piano sobre la charca de azufre donde los póstumos hijos de la humanidad baten sus palmas mientras les tiemblan las rodillas.
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!…
Un saxofón retorcido. Lágrimas de un colibrí de ojos claros. Penachos de melancolía a la sombra de una sonrisa. Es la cadencia del esclavo. Es el ritmo desesperado y descompuesto entre los huesos de seres especiales que se abate tras los cristales de un lecho correoso.
Entornad los ojos si es que aun sois capaces. Abandonaros a la brisa despiadada de decenios de sufrimiento que os ha de machacar hasta que purguéis nuestra culpa. Se han abierto las compuertas de una batería loca y el ritmo con cadencia ha de atravesaros los tuétanos. No sirve la palabra sino es ciega. Cerrar los ojos y poner celosías en vuestro cerebro, sino puede heriros de muerte. Puede despertar viejas culpas. Puede tirar por tierra el gran tótem de las ideologías perecederas.
Os hablará en cualquier idioma porque el lamento y la libertad no saben nada de lenguas. Además, ¿qué importan las palabras cuando ya no poseen contenido? Sería ideal hablar a ciegas para entendernos. Habría disculpas surgidas de la caverna y al amparo del humo fuerte de un “petardo” sentiríamos correr notas locas por nuestras venas.
¡Un grito!
Cerrad los ojos. Azules, ocres y color de noche no serían demasiado terribles. Lo deseo más que mil cuerpos húmedos de mujer a la espera de mis manos. Tiemblo y lloraré. Algún día quizás lloraré por todos nosotros.
Mientras tanto, a la sombra de un pino inmenso, con el color de verdes porcelanas que son días, a la espera de ver flores brotar sobre la piel del mar y estrellas bajo la colina, siento las notas de un bajo que se desgrana sembrando de graves espigas los campos arados de mi alma.
Deberíamos bajar a la caverna, os repito, y allí, donde el día muere lentamente, un anciano arrugado nos prestaría su bastón. Allí descubriríamos las gafas con que tienen sellados nuestros corazones.
Oigamos el pecho jadeante de ese negro que corre bajo la luz de la luna. Abrid de un tajo su garganta y nunca asustareis ante la pústula del cáncer que marca nuestro ritmo. Después, cuando nuestros cuerpos descansen debidamente colgados del perchero, sentiremos que ya nunca más las cosas volverán a ser lo mismo, porque los ejes del mundo habrán dado la vuelta. Los polos, desprendidos, verterán su hielo sobre el cosmos que nos rodea.
Sólo un gran placer ocre, azul, lamentos desgarrados, y la cadencia monótona de una sencilla melodía puede servirnos de armazón. A su alrededor, miles de notas improvisadas caerán en nuestros oídos como copos de nieve sobre la negra tela de la noche oscura donde la sombra alza su cetro de desesperación pestilente.
José Ramos Varea